Un presidente que divide

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Hoy México es un país de hermanos enfrentados contra hermanos

Francisco Ortiz Bello / Analista / El Diario / domingo, 20 septiembre 2020 |

Hoy México es un país de hermanos enfrentados contra hermanos, de fifís contra chairos, de conservadores contra liberales, de derecha contra izquierda, de pobres contra ricos, como si ser pobre o rico fuera razón suficiente para juzgar sobre la integridad y honestidad de las personas, como si para considerarnos de un lado o de otro a López Obrador sólo le bastara su juicio y sus creencias.

El conflicto por el agua de las presas de Chihuahua le ha estallado en el rostro al político tabasqueño, quien no ha sabido o no ha querido darle al asunto un tratamiento político, desde la posición de poder que hoy tiene. No confundir tema político con tema partidista o electorero, son cosas completamente distintas.

El presidente López Obrador ha minimizado el problema en Chihuahua, ha hecho acusaciones sin sustento hacia los productores agropecuarios, se ha burlado de ellos haciendo mofa de su vestimenta, de las trocas que conducen, de las botas y cintos que usan, diciendo que son potentados y que son de los que han fomentado y permitido la corrupción en el país.

De igual forma en que ha metido en el mismo costal de la corrupción, de la mafia del poder, a todo el que no piensa igual que él lo mismo da si son medios de comunicación, grupos sociales, banqueros, empresarios, periodistas, estudiantes, Andrés Manuel López Obrador los pone a todos del lado de los malos, de los que no quieren a México, de los que no quieren el combate a la corrupción, tan sólo por pensar distinto que él.

Desde lo alto de su conferencia mañanera, encarnación viva del poder presidencial, López Obrador no comunica acciones de gobierno, no informa obras o programas oficiales a los mexicanos, no, pontifica sobre los valores de las personas, de las organizaciones y -a su modo de ver- los clasifica en buenos y malos, en mexicanos de primera y de segunda. 

En una respuesta directa al apoyo que el historiador y escritor Enrique Krauze externó al gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, el presidente celebró la definición remarcando que o se es conservador o se es liberal, destacando que el intelectual solo estaba reafirmando su conservadurismo.

“Que cada quien se ubique en el lugar que corresponde, no es tiempo de simulaciones: o somos conservadores o somos liberales”, dijo el presidente al encabezar un evento en la refinería de Minatitlán, en Veracruz, en junio de este año, para luego rematar con lo que más bien se escuchó como una sentencia: “O se está con la transformación o se está en contra de la transformación del país”.

A eso reduce López Obrador la inmensa gama de pensamientos en un país como México, la enorme y valiosa pluralidad de los mexicanos. Conservadores o liberales, y si se es de los primeros la descalificación viene inmediata, automática, a priori. En la opinión del presidente, ser conservador es peor que ser asesino o violador. Vaya reduccionismo ideológico.

Sin embargo, esa visión de las cosas y de las personas acerca de lo que piensan y creen explica con meridiana claridad la actitud de López Obrador hacia Chihuahua. En el conflicto por el agua de las presas ha dejado claramente de manifiesto que, si no se piensa igual que él, se está contra él, aunque en los hechos no sea así, aunque en los hechos las personas defiendan derechos, posturas o ideas en las que válida y legítimamente creen.

Recientemente, 650 intelectuales, artistas, periodistas, académicos, escritores e historiadores publicaron un desplegado en los principales periódicos del país, titulado “Esto debe parar” en el que advierten que la libertad de expresión está bajo asedio. La respuesta del presidente no podría describirlo mejor: “Todo este grupo siempre apoyó la política neoliberal y ahora se sienten ofendidos cuando deberían de ofrecer disculpas, porque se quedaron callados cuando se saqueó al país, vendidos, alquilados, conservadores, corporativos, aplaudidores, quema-incienso de gobernantes”.

¿Es que acaso en un país democrático y libre como el nuestro no se puede ser conservador? ¿O neoliberal? ¿O marxista? ¿O socialista? El presidente, en su calidad de primer mandatario del país, no puede usar esas definiciones como etiquetas negativas para nadie. No debe hacerlo porque él gobierna para todos, para todos lo mexicanos, sean del partido que sean, de la religión que sean, del color que sean, piensen lo que piensen, todos merecen su respeto y consideración. Debe entender eso.

Imaginemos que un día el Papa Francisco amanece malhumorado y decide condenar a todos los seres humanos que no profesan la religión católica. Sólo es un ejercicio de imaginación. Y entonces el Papa declara: “Como representamos la religión con más fieles en el mundo, a partir de hoy, todos los que no profesen la fe católica irán al infierno, el que no crea en Dios está contra él”. ¿Se imagina? ¿Qué pensaría de algo así? 

Afortunadamente no ha ocurrido, se trata sólo de un ejercicio de imaginación, ni a este ni a ningún otro Papa se les ha ocurrido tal cosa, pero sirve muy bien para ejemplificar el enorme precipicio social que López Obrador abre entre los mexicanos, el fuerte nivel de confrontación que genera a partir de sus declaraciones.

Eso mismo es lo que ha ocurrido en Chihuahua. Desde el inicio del conflicto por el agua de las presas, el Gobierno federal ha tratado de imponer sistemáticamente la única visión de que se debe hacer lo que Conagua dice. Nada más. Y Blanca Jiménez, titular de la dependencia encargada del agua, ni un pie ha puesto en el estado.

Primero el desconcierto de los productores agropecuarios y luego su enojo ante la indolencia del Gobierno federal, no pudieron mover ni un ápice la irreductible postura federal: el agua se entrega y se saca de las presas. No hubo más.

¿Acaso creían el presidente y sus funcionarios que los agricultores de Chihuahua no reaccionarían ante sus constantes engaños y desprecios? ¿Acaso creían que sus burlas no despertarían la ira de quienes se sienten despojados de lo que en derecho les pertenece? La caricatura verbal que hizo el presidente en una de sus mañanera, sobre la forma en que visten los agricultores y las ‘trocononas’ que utilizan además de una grotesca burla, resultó en una tremenda falta de respeto hacia ciudadanos que no han hecho más que exigir lo que consideran su derecho.

En efecto, hay un Tratado Internacional de Aguas que obliga a México a aportar determinada cantidad de agua cada cinco años, plazo que vence el próximo 24 de octubre, no hoy, no antes, pero que también prevé las medidas y acciones en caso de que no se cumpla el objetivo. Un tratado que tiene 75 años y en el que nunca había existido un conflicto como el actual.

El agua, al igual que otros recursos naturales no tiene dueño, es de la nación, pero también en la Constitución y diversas leyes se establecen precisiones sobre como el gobierno administra esos recursos, otorgando concesiones a quienes deseen usufructuarlos. Es el caso preciso que nos ocupa.

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos dice en su artículo 27 a la letra: “La propiedad de las tierras y aguas comprendidas dentro de los límites del territorio nacional, corresponde originariamente a la Nación, la cual ha tenido y tiene el derecho de transmitir el dominio de ellas a los particulares, constituyendo la propiedad privada”. 

Es el caso que, en el tema del agua, es precisamente la Conagua quien se encarga de otorgar títulos de concesión a productores agropecuarios, entre otras funciones, en consecuencia, si hay algo equivocado, turbio o malo que reclamar en ese sentido es a esa dependencia del Gobierno federal pero mientras tanto, quienes poseen un título o concesión de uso de agua, exigen su derecho.

Sin descuidar el cumplimiento de obligaciones internacionales, el presidente debería estar enfocado en resolver la problemática del agua en Chihuahua y no en burlarse de sus agricultores, ni en acusarlos de huachicoleros del agua sin denuncia de por medio, obviamente con las respectivas pruebas, tampoco en revanchas justicieras hacia quienes identifica como los líderes del movimiento.

Necesitamos con urgencia un presidente que deje de dividir a los mexicanos, que deje de polarizar y tensionar la discusión pública, López Obrador es el presidente de todos los mexicanos y ya es hora que lo entienda.